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La colcha

Un matrimonio de ancianos vivía guardando sus experiencias, para algún día compartirlas con su hijo.

El hijo creció y se casó y se olvidó de sus padres.

Ellos no habían sido ricos, aunque siempre habían hecho lo imposible para darle lo mejor. Por eso éste pudo estudiar, obtener un puesto importante en una empresa y vivir cómodamente y sin ninguna clase de problemas económicos. 

Un día la madre ya muy anciana murió y el pobre viejecito, con el pasar de los días empezó a sentir una gran soledad; la casa le parecía enorme y los días eternos, amargos y tristes.

El viejecito nunca quiso dar molestias, pero al ver que ya no podía más con esa gran soledad, recurrió a su hijo para pedirle que lo hospedara en su casa. 

El día que llegó a la casa, lo primero que hizo fue hablar con él para decirle:

-Hijo, no quisiera ser una molestia para ti y tu familia, pero desde que tu madre murió me siento muy solo y deprimido.

-Padre tú no eres una molestia, le contestó el hijo, pasa, ésta es tu casa.

-El anciano le aclaró; hijo, creo que no me has entendido, necesito quedarme a vivir aquí...

-¿Vivir aquí? bueno, verás, la casa no es muy grande y mi esposa es muy especial y los niños... ya sabes, tendría que pedirles su habitación... 

Con mucha tristeza y lágrimas en los ojos, el anciano se despidió de su hijo y se fue.

Uno de los niños que observaba la situación, salió corriendo y se fue a su cuarto.

Al ver que el niño no regresaba, fue al cuarto para ver qué ocurría y vio a su hijo cortando la colcha con una tijera por la mitad. -Hijo ¿qué haces? ¿Por qué cortas la colcha por la mitad?

El niño le respondió: -Quiero guardar esta mitad de la colcha, para que cuando seas un anciano como el abuelo y vengas a pedir un lugar en mi casa, pueda ofrecértela para que no tengas frío. 

En esta vida, hay gente que necesita de nuestra ayuda, de nuestro amor, de nuestra comprensión.

Cuando la gente nos pide ayuda tenemos que brindársela, de la mejor manera, aún cuando represente una molestia. 

Todos en algún momento de nuestra vida necesitaremos algo de alguien y es muy posible que lo que recibamos dependa de lo que fuimos capaces de dar.

«Es la ley de la cosecha: cosecharás lo que sembraste»

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