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Cargando el pasado

Dos hombres iban caminando por el campo. Al acercarse a un río se encontraron con una mujer que quería cruzar al otro lado, pero no sabía cómo hacerlo, ya que no había ningún puente. El primer hombre se ofreció amablemente: –Si quieres podemos llevarte en brazos hasta el otro lado del río. Ella aceptó agradecida su ayuda.

Así que los dos hombres entrelazaron sus manos, la levantaron y la llevaron hasta el otro lado. Después siguieron su camino, cuando uno de ellos de pronto se quejó amargamente: –¡Mira mi ropa! está toda sucia de barro por haber cruzado a esa mujer, me duele la espalda y además me siento muy cansado.

El otro hombre simplemente sonrió y asintió con su cabeza. Más adelante, éste se quejó nuevamente:
-Ya no puedo seguir adelante, me duele todo, todavía siento el esfuerzo, dijo.

El primer hombre miró a su compañero, que ya estaba en el suelo quejándose y le dijo: –¿Te has preguntado por qué yo no me estoy quejando? Te lo diré: La espalda te duele, porque todavía estás llevando a esa mujer en tus brazos, pero yo la bajé apenas cruzamos el río.

Así también sucede con nosotros. Llevamos las cargas del pasado sobre nuestros hombros. Ponemos una caja llena de odios, frustraciones, resentimientos, envidias, celos y muchísimas cosas más que, con el pasar de los años, se hace más pesada, hasta que un día, como el hombre de la historia, nos duele hasta el alma por el tremendo esfuerzo.

Jesús te dice: “Ustedes viven siempre angustiados y preocupados. Vengan a mí, y yo los haré descansar” Mateo: 11:28

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