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Te avisé tres veces

Un gran crucero con cientos de personas a bordo surcaba los mares del Caribe, cuando de pronto se encontraron inmersos en un gran huracán. Era tan fuerte que el crucero sólo podía ir a la deriva. El pánico comenzó a apoderarse de los pasajeros y aunque muy cerca del crucero se podían ver algunas luces, no conseguían acercarse a ellas. De pronto, el barco comenzó a golpear muy fuerte contra unas rocas y su estructura se tambaleó. El miedo se apoderó de todos y comenzaron a evacuar a los pasajeros en medio del caos y la desesperación. Unos se tiraron al agua, otros bajaron a los botes salvavidas y algunos gritaban desesperadamente sin saber qué hacer.

En medio de estas personas se encontraba Vicente, un hombre muy fiel a Dios con una fe inquebrantable; no tenía el más mínimo temor de la situación que estaba atravesando. Él estaba ahí, ayudando a todos y suplicando a Dios que le enviara ayuda para salvarse junto a los demás. En un momento se dio cuenta de que los botes y salvavidas no eran suficientes para salvar a todas las personas.

Así que con toda su fe puesta en Dios, se lanzó al agua y comenzó a nadar hacia las luces que marcaban la costa. A cada momento decía para sí mismo, «Yo soy una persona de mucha fe y sé que voy a llegar sano y salvo, porque Dios me va a salvar»

Cuando ya se había alejado del barco unos cientos de metros, se acercó una pequeña embarcación, con la intención de salvarlo, pero su respuesta fue rotunda: No, vayan a salvar a otros, mi fe y yo llegaremos sanos y salvos. Continuó nadando muy firme, hasta que se le acercó un velero desde el cual le gritaron: agárrese de la soga y suba, pero nuevamente su respuesta fue negativa: No, no, vayan a rescatar a los demás, yo estoy bien, mi fe me ayudará a llegar sano y salvo.

Desoyendo esta nueva advertencia, Vicente continuó hacia su objetivo. Pasaron unos minutos, y escuchó en el aire un ruido de motores, era un helicóptero que se acercaba y que le lanzó un salvavidas. Nuevamente lo rechazó diciendo, mi fe me salvará.

Cuando ya no había nadie más a su alrededor, la noche lo envolvía en la soledad y las olas feroces del mar lo hacían sentir cada vez más agotado, Vicente sintió un fuerte calambre; no podía moverse, ni nadar; el dolor de sus músculos era insoportable y cuando ya no pudo luchar más, se entregó a la furia del mar y murió ahogado.

Vicente llegó al cielo muy enojado, esperando encontrarse con Dios. Cuando por fin llegó ante Su presencia, visiblemente contrariado, le dijo: –Señor ¿Qué me hiciste? Toda una vida de obediencia, de fe, de entrega. Siempre te respeté, me aparté del mal, me arrepentí de mis pecados y así es como me pagas. ¿Por qué no me salvaste? Te rogué, te supliqué, que me sacaras de aquella situación y ahora mírame, estoy muerto.

Quiero una explicación… Dios lo miró tiernamente, con dulzura y con Su voz suave, llena de un amor inexplicable, le dijo: –Hijo, siéntate y ten calma, Yo soy Dios y siempre contesto las oraciones de mis hijos. Escuché tus ruegos, están debidamente anotados y me ocupé personalmente de responderte; pero no has tenido el suficiente discernimiento para descubrir que quise SALVARTE, no sólo una vez sino tres veces. Si te hubieras dado cuenta de que era Yo el que te enviaba la Salvación a través de la barca, del velero y del helicóptero, te aseguro, que ahora no estarías aquí.
«Cuando te dirijas a Dios para pedir soluciones a tus necesidades, enfermedades o cualquier problema que puedas tener, siempre debes estar atento, porque la respuesta puede llegar de la manera que jamás hayas esperado. Sólo debes tener paciencia y esperar»

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